Monasterios cristianos (parte 3)

Enviado por Miguel G Villarrubia el Mar, 26/05/2015 - 17:00

Conjunto de Fruela I, Oviedo, 761

Ya no sólo como ejemplo cronológico de la evolución tipológica, sino además como imagen de la hibridación entre iglesia y estado y de la multiplicidad de usos del concepto monacal, hay que destacar los monasterios monumentales de la Península Ibérica. La relación entre la religión y la monarquía es evidente, ya que los reyes españoles han sido los máximos patrocinadores de la Reconquista, con la consecuente predicación del cristianismo y erradicación del Islam. En cualquier territorio conquistado a los árabes nacieron monasterios como punto logístico para la conversión religiosa y como enclave estratégico militar. En muchas capitales se puede apreciar un cinturón de conventos guardando cada camino y puerta, fruto de esa época, amenazadores vigilantes de la rectitud cristiana. Por tanto, muchos de los conventos e iglesias se fortificaban (interesantes y diametrales ejemplos de iglesias fortificadas hay tanto en la península ibérica como en Transilvania, tierras tradicionalmente disputadas entre cristianos y musulmanes), siendo a su vez baluartes del ejército e incluso residencias reales. Muy al contrario que los monasterios palatinos germanos, donde se construía alojamientos al emperador como muestra de la sumisión al imperio que promulgaban los monjes desde su libertad monacal (recordemos que Saint-Gall era principado independiente, es decir, en Alemania la iglesia asume parte del poder estatal), los palacios reales españoles se donaban a las comunidades religiosas, trazando un símbolo de la dependencia del monasterio a la corona. Los monjes estaban directamente al servicio del poder real, la unión de estado e iglesia es totalmente diferente.

Un caso especial entre muchos es el de la capital asturiana, Oviedo, dominada por un conjunto arquitectónico formado por el palacio real, la sede episcopal, monasterios y otras fundaciones eclesiásticas.

Fue el rey asturiano Fruela I quien transformó el monasterio benedictino de San Vicente de Oviedo, cuyo relato de fundación sobre la colina Ovetao por los monjes Máximo y Fromestano se recoge en el Pacto monástico de San Vicente, en un conjunto monástico-palatino. Mandó construir junto a éste una basílica consagrada a San Salvador, el palacio episcopal y sus propias dependencias reales, reuniendo el poder civil y eclesiástico en un sólo complejo. Incluso el abad era a su vez obispo de la ciudad, y los monjes se transformaban en amanuenses reales.

Fragmento del Pacto monástico de San Vicente
Fragmento del Pacto monástico de San Vicente

Si bien su sucesor Silo trasladó la residencia real a Santiananes de Pravia, fue el propio hijo de Fruela I, Alfonso II el Casto, quien convirtió a Oviedo en la capital en el 791, fortificando no sólo la ciudad, sino el recinto residencial y religioso como si de una acrópolis cristiana se tratara. Al monasterio de San Vicente, el palacio real y la catedral se unirían la iglesia de Santa María, destinada a sepulcro real, la iglesia de San Tirso, la capilla de Santa Leocadia y San Juan, y el monasterio de San Juan Bautista y San Pelayo, de religiosas benedictinas. Ya Alfonso III convertiría el lugar en objeto de peregrinación por la cantidad de reliquias guardadas tras sus muros.

Planta del complejo de Oviedo
Planta del complejo de Oviedo

No muchos elementos originales quedan de este complejo, salvo la configuración en planta, puesto que las reconstrucciones en diferentes estilos y épocas han ido variando la estética y sentido de las construcciones. La catedral de San Salvador es eminentemente gótica (concretamente gótico flamígero), con elementos románicos, renacentistas y barrocos. El monasterio femenino se convirtió de clausura, cerrando cualquier tipo de comunicación, hasta reconstruirse en estilo barroco, y la iglesia de San Vicente cambió su ubicación en el siglo XVI, modificando considerablemente el claustro y las dependencias. Sin embargo, el conjunto aún domina la ciudad de Oviedo, y recuerda aquel tiempo en el que la corona dominaba a la iglesia.

Ortofoto del conjunto histórico de Oviedo.
Ortofoto del conjunto histórico de Oviedo.

Este fue el ejemplo de partida para lo que vendría. En la Baja Edad Media los reyes añadían sus palacios a los monasterios ya existentes, agregando la corte a los cenobios. La vida piadosa influía en la de intrigas cortesanas, y viceversa. El rey quería alejarse del pueblo pero a la vez disfrutar de la sencillez sin rango de la vida monacal. Podemos contemplar tres ejemplos cistercienses en los monasterios de Santas Creus y Poblet en el reino de Aragón, y el de Las Huelgas, en el de Castilla, siendo éste un ejemplo único por ser femenino y centralizar el poder de todos los demás conventos de monjas de la península.

Planta del monasterio de Poblet
Planta del monasterio de Poblet

Ya en plena época de esplendor del Imperio Español, el proyecto que recogería toda esta tradición de complejos eclesiásticos-palatinos sobre una colina y la plasmaría según cánones renacentistas sería El Escorial. Pero eso ya es otro capítulo.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Braunfels, Wolfgang, Arquitectura monacal en occidente. Barral Editores. 1975.
  • Bango, Isidro, el monasterio medieval. Anaya. 1990.
  • Carrero Santamaría, Eduardo. El conjunto catedralicio de Oviedo en la Edad Media. Arquitectura, topografía y funciones en la ciudad episcopal. Real Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo, 2003.
  • Calleja Puerta, Miguel; Sanz Fuentes, Mª Josefa. Fundaciones monásticas y orígenes urbanos: La refacción del documento fundacional de San Vicente de Oviedo, en Iglesia y ciudad. Espacio y poder (Siglos VIII-XIII) Ediciones de la Universidad de Oviedo: Instituto de Estudios Medievales, Universidad de León, Oviedo, 2011
  • J. González García, El Oviedo antiguo y medieval, Oviedo, 1984.
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