Monasterios cristianos (parte 1)

Enviado por Miguel G Villarrubia el Lun, 29/12/2014 - 20:43

Orígenes de la vida monacal.

Los inicios de la vida monástica pueden remontarse a los del propio cristianismo. Por una parte, al ser una religión castigada y perseguida, como ya sabemos, tanto por el judaísmo que la consideraba una herejía como por el Imperio Romano, que no podía compatibilizar un panteón de dioses de mil mundos con una ideología que proponía un sólo Dios, deslegitimizando todos los demás. Por otra, la propia doctrina cristiana alentaba la vida retirada, pues, tal y como dicen las escrituras: Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece. (San Juan 15:19). Así pues, retirarse de la sociedad, de lo mundano y dedicar tu vida a la oración y la penitencia te acercaría a la virtud y a Dios.

Estilitas
Estilitas

De esta idea surge (siglos II y III) el anacoreta y el ermitaño. Anacoreta proviene del latinismo anachorēta, que a su vez es un préstamo del griego Ανα-χωρέω, cuyo significado etimológico es precisamente retirarse. Ermitaño por su parte viene del latín medieval eremīta y también es una evolución del término griego ἐρημίτης, que viene a decir del desierto, lo cual enfatiza el hecho de que los primeros anacoretas se exiliaron al desierto, a la Tebaida egipcia o al territorio sirio. Muchos de ellos serían llamados Padres del Desierto, como Pablo el Ermitaño, San Antonio Abad, San Onofre, Santa Thais de la Tebaida… aunque esto sucedería ya tras el Edicto de Milán (año 313) en donde Constantino legalizó el cristianismo, lo cual paradójicamente acabó propiciando el retiro espiritual en vez de mermarlo.

Alguna de las penitencias más curiosas incluían el emparedamiento del anacoreta o, más interesante desde el punto arquitectónico, a los estilitas, aquellos ermitaños que yacían subidos a columnas para acercarse al cielo. Stylé es columna en griego, lo cual nos lleva a nuestra palabra estilo, que tiene mucho que ver con los órdenes griegos, en los que la columna es determinante, y también nos acerca a la raíz de estilográfica, que no es más que una columna que dibuja. Pero no nos desviemos en una profusión de etimologías.

 Kal’at simân, 470 (Monasterio Sirio)

 El estilita de mayor repercusión fue San Simeón el Estilita (siglo IV), que permaneció en su columna, en Alepo, región de Siria, durante 37 años. Era tal su fama y milagros atribuidos, pues incluso el emperador Teodosio le pedía consejo, que pese a sus denodados esfuerzos no pudo vivir en soledad, aún cambiando su columna de 3 metros por otra de 15 para alejarse de los seguidores que le acompañaban día y noche a nivel del suelo.

Martyrium octogonal de San Simeón el Estilita.
Martyrium octogonal de San Simeón el Estilita.

Tras su muerte, la columna fue objeto de peregrinación y poco después se construyó un martyrium octogonal a su alrededor (no se sabe si estaba abierto al cielo o qué tipo de cubierta tenía) del que surgían cuatro basílicas formando una cruz griega respecto al octógono, así como otros edificios monacales. Con el nombre de Iglesia de San Simeón Estilita, o Kal’at Simân (fortaleza de Simeón en árabe), este complejo es un ejemplo único, representativo de la estética grecorromana tardía, con arcos de medio punto, columnas corintias sin acanaladuras y una decoración profusa en elementos vegetales y animales; además de ser un precedente de la arquitectura bizantina, debido a las soluciones ingeniosas que se debieron tomar en un edificio de planta tan singular.

Planta del monasterio de San Simeón.
Planta del monasterio de San Simeón.

Pero podemos maravillarnos sólo con el hecho de que a partir del mínimo elemento arquitectónico, tan emblemático en el clasicismo, como es la columna, se construyese alrededor un complejo de grandes dimensiones; cómo desde el ascetismo individual y el retiro surge el cenobitismo plural y la vida en común.

Un ejemplo constructivo de todo ello es que Kal’at Simân no cuenta con un perímetro cerrado, sino que al componerse de edificios con arcadas a dos plantas, el conjunto se presenta permeable. Esto es aún más palpable si tenemos en cuenta que era usado como caravansar por las rutas del desierto, así que los monjes no vivían de forma retirada (cosa interesante si tenemos en cuenta que monacato viene del griego monachos, persona solitaria) sino que convivían con todos aquellos comerciantes y viajeros que se refugiaran allí. No es de extrañar que, posteriormente, los caravansares de Turquía y Siria, pese a no ser cristianos, emularan las plantas monacales bizantinas.

Arcadas en el monasterio de San Simeón
Arcadas en el monasterio de San Simeón

Como evolución de esa pluralidad surge el movimiento cenobítico, en donde los monjes viven en comunidad, siguiendo la regla de San Pacomio (siglo IV), que inspirado en los acuartelamientos militares romanos en los que había servido como soldado, conformó un sistema de vida en comunión en donde los monjes vivían en celdas o barracones, dentro de un conjunto monástico cercano a alguna ciudad, por lo que la relación con lo mundano es mayor que la de los eremitas.

BIBLIOGRAFÍA

  • Braunfels, Wolfgang, Arquitectura monacal en occidente. Barral Editores. 1975.
  • Bango, Isidro, el monasterio medieval. Anaya. 1990.
  • Krautheimer, Richard; Luca de Tena, Consuelo. Arquitectura paleocristiana y bizantina, Cátedra, 2000.
  • Lawrence, C.H; Dunn, Marilyn, “Chapter 2: The Development of Communal Life” in The Emergence of Monasticism: From the Desert Fathers to the Early Middle Ages, Malden, MA: Blackwell Publishers Incorporated, 2000.
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